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martes, 11 de febrero de 2014

91- Daños colaterales

91
Daños colaterales

Hoy quiero comenzar con algunas cifras:

En la primera guerra mundial que se desarrolló entre 1914 y 1918 en la que participaron las grandes
potencias del mundo, murieron más de 9 millones de soldados.

Trinchera británica. lra guerra mundial

En la segunda guerra mundial, una cantidad media aproximada es de 70 millones de personas 
muertas.
2da guerra mundial




En el llamado Holocausto hasta ahora se dice que murieron 6 millones
los que no eran solamente judíos sino que también eran gitanos, homosexuales, comunistas.












En la guerra de Vietnam se calcula que fueron muertos dos millones 
de civiles y aproximadamente un millón cuatrocientos mil combatientes.












Las bombas estadounidenses sobre Hiroshima y Nagasaki en Japón
 en principio mataron 220 mil personas.










Aunque todavía no puede ser estimado, se calcula  que fueron 225.000 los muertos civiles y militares en las guerras de Irak y Afganistán. 

En la guerra de Malvinas fueron muertas cerca de 904  personas.

Este es un pequeño repaso sobre las guerras más importantes, dejando de lado muchísimas otras como pueden ser las sostenidas por Israel y sus vecinos árabes o las africanas o las americanas.

Lo que debe despertarnos y convocar a nuestra sorpresa son las cantidades de personas muertas, en una hablamos de 9 millones, en la otra de 70 y a esto debemos agregar las graves consecuencias físicas y psíquicas de los que no murieron.

Hablamos de millones de vidas, familias, sueños, de seres humanos como vos, tu hermano, tu padre que un día fueron mandados a la batalla y fueron asesinados.


No legitimemos aquello que nos debe poner los pelos de punta, que  debe hacer sonar todas nuestras alertas, porque ellos no fueron héroes o mártires, sino personas sacrificadas, muertas por un tiro o una bomba. Aunque las guerras desde los gobiernos sean legitimadas, se busque y convenzan a muchos de la necesidad de ellas, son máquinas de asesinar. El muerto en combate no es menos muerto que cualquier otro ni tuvo ni tendrá algún cielo especial esperándolo. No debemos ni podemos aceptar que un gobierno pueda mandar a matar, porque si es moralmente intolerable el asesinato de un ser humano por manos de cualquier otro, lo debe ser también para los gobiernos. Esto vale en todo momento, no solamente en relación a las guerras, sino también en la supuesta vida en paz en la que muchos se hacen los desentendidos y apoyan o encubren a asesinos y violentos de cualquier tipo.

El mundo cambiará cuando entendamos que ningún ideal, ningún principio ni creencia habilitan a dañar a un ser humano porque cualquier vida es muy superior a todo ideal o creencia. Se nos enseñó que es heroico o bueno morir por un principio, por una fe, pero ninguno de ellos vale lo que una vida porque ellos no tienen existencia y el humano sí la tiene, y eso implica que es un proyecto, sueños, amores y dolores, logros y fracasos mientras que el resto son simples ideas vacías que ni siquiera se pueden tocar. Estas ideas pueden ser un camino a seguir, un punto al que pretender llegar aunque sepamos que nunca lo haremos, pero ese camino jamás puede incluir el dañar a otros, la violencia nunca puede ser justificada.
 
Bob Marley

Bob Marley escribió lo siguiente:

“Tú dices que amas la lluvia y sin embargo usas paraguas cuando llueve.
Tú dices que amas el sol, pero siempre buscas una sombra cuando el sol brilla.
Tú dices que amas el viento, pero cierras las ventanas cuando el viento sopla.
Por eso es que tengo miedo cuando dices que me amas”










Qué fácil es hacer llamamientos para la paz, hablar de diálogos, de concertación, de ponernos de acuerdo, hablar de amor,  cuando lo único que se busca es el propio interés, vencer al que se halla en este momento del otro lado del escritorio, aunque ayer estuviera junto a nosotros.

El fin justifica los medios, eso dicen, y si el fin no es el entendimiento o el beneficio de ambos, sino la mayor ganancia, sacarte de la ruta porque sos mi competidor, anularte como persona o como quien piensa, desea o siente de manera diferente, no podrá haber paz ni igualdad.

Si vivir es difícil los humanos nos especializamos en hacerlo todavía más dificultoso, en poner obstáculos, hacer trampas, mentir.

Los grandes enunciadores de proclamas se ocupan de nuestra sexualidad, se interesan por quién deseamos y que hacemos o dejamos de hacer con nuestros cuerpos, nos hablan de futuros, proyectos, programas, izquierdas, derechas, revoluciones y otras palabras tan importantes e impactantes, y al mismo tiempo tan vacías y malsanas. Digo malsanas porque nos ponen delante ilusiones que van envenenando nuestra energía, nuestras ganas de ir, porque construyen frustraciones y abandonos. Fomentan nuestra esperanza sabiendo que es una pesada ancla que nos detendrá en el flujo mientras creeremos que vamos hacia la meta.








Entre tanto, mientras llenan el aire con sus sonidos mentirosos, van construyendo los muros y fosos que separan los pueblos, se apropian de la tierra de los débiles, explotan al asalariado, se adueñan del cuerpo de las mujeres, trafican drogas y van preparando la próxima guerra, porque ellas son necesarias, nos dicen, porque ellas nos traerán la democracia, la libertad, los derechos humanos, la paz. Estúpidamente todavía los escucho argumentar que la guerra es la política por otros medios. 

Los daños colaterales, los millones de personas asesinadas, no son significativos, sí es importante no destruir los pozos petroleros, las minas, las industrias, sino qué sentido tendría la guerra. Mientras tanto ellos están en sus torres y balcones mirando hacia el horizonte, seguros que el olor a pólvora no contaminará su perfume importado.

Es sabio aceptar que la violencia engendra violencia, que el que siembra  vientos recoge tempestades, tan sabio como saber que este círculo infernal debe ser cortado, hecho añicos con nuestra intervención, parando la injusticia, la desigualdad, quitando las caretas. Hay muchas verdades dichas, pero no todas lo son.

El mundo solamente tiene sentido si es para nosotros, los humanos, por eso cuando se mata a uno solo de estos hombres, mujeres, se está acabando con la humanidad, se está diciendo que son otros los destinos, una sola persona es toda la humanidad.


Oliverio Girondo


Tardará, tardará. Ya sé que todavía los émbolos, la usura, el sudor, las bobinas, seguirán produciendo, al por mayor, en serie, iniquidad, ayuno, rencor, desesperanza; para que las lombrices, con huecos portasenos, las vacas de embajada, los viejos paquidermos de esfínteres crinados, se sacien de adulterios, de hastío, de diamantes, de caviar, de remedios. Ya sé que todavía pasarán muchos años para que estos crustáceos del asfalto y la mugre se limpien  la cabeza, se alejen de la envidia, no idolatren la saña, no adoren la impostura, y abandonen la costra de opresión, de ceguera, de mezquindad, de bosta. Pero, quizás, un día, antes de que la tierra se canse de atraernos y brindarnos su seno, el cerebro les sirva para sentirse humanos, ser hombres, ser mujeres, no cajas de caudales, ni perchas desoladas, someter a las ruedas, impedir que nos maten, comprobar que la vida se arranca y despedaza los chalecos de fuerza de todos los sistemas; y descubrir, de nuevo, que todas las riquezas se encuentran en nosotros y no bajo la tierra.
Y entonces… ¡Ah! Ese día abriremos los brazos sin temer que el instinto nos muerda los garrones, ni recelar de todo, hasta de nuestra sombra; seremos capaces de acercarnos al pasto, a la noche, a los ríos, sin rubor, mansamente, con las pupilas claras, con las manos tranquilas, y usaremos palabras sustanciosas, auténticas, no como esos vocablos erizados de inquina que babean las hienas al instarnos al odio, ni aquellos que se asfixian en estrofas de almíbar y fustigada clara de huevo corrompido, sino palabras simples, de arroyos, de raíces, que en vez de separarnos nos acerquen un poco; o mejor todavía, guardaremos silencio para tomar el pulso a todo lo que existe, y vivir el milagro de cuanto nos rodea, mientras alguien nos diga, con una voz de roble, lo que desde hace siglos esperamos en vano.”                        

Oliverio Girondo










sábado, 12 de octubre de 2013

69 - Eutanasia. Yo decido

69
Eutanasia. Yo decido


¿Qué es la eutanasia?
Según la Organización Mundial de la Salud (OMS) es la acción médica de provocar la muerte del paciente.
Es una de las elecciones que más polémica despierta en todo el mundo, ya que se considera que la vida humana es lo más importante.
Hay dos maneras de realizar la eutanasia: por acción directa, por ejemplo proporcionando  una inyección letal al enfermo,  o por acción indirecta como podría ser dejar de darle soporte básico para que el paciente no sobreviva.
O sea que  la eutanasia consiste en la acción u omisión del médico, enfermero o auxiliar sanitario que provoca deliberadamente la muerte del paciente a su propio pedido o de sus familiares, con el fin de eliminar el dolor. 

A partir de acá podemos entrar en disquisiciones de detalle, que aunque son importantes, requieren de conocimientos especiales, como por ejemplo saber que  no toda vez que se suspende un soporte vital, como el alimento o el agua vía sonda, se comete eutanasia. Es el caso en que el soporte deja de cumplir las funciones previstas por ejemplo, cuando deja de hidratar, o cuando el paciente entra en estado agónico en la etapa final de esa evolución.  En cambio, sí es eutanasia la ayuda o la cooperación a un suicidio, aunque sea para evitar sufrimientos o  porque la calidad de vida de la persona no alcanza un mínimo aceptable por enfermedades degradantes o la ancianidad avanzada.

También interviene en esto el concepto que se tenga acerca de la  muerte. Hoy se considera que la persona  ha fallecido cuando hay muerte encefálica, aunque su corazón siga latiendo. Llegado a este punto se debe retirar el soporte.

En nuestra charla no es el aspecto médico el que más nos interesa, aunque a través de este podemos ver que hay una serie de límites y consideraciones tanto éticas como legales que deben ser tenidas en cuenta.



En nuestra sociedad  ya sea a partir del momento de  la concepción hasta el nacimiento, como la muerte, se hallan cargados de enorme significado. Por eso todo lo referente a la anticoncepción, al aborto y en el otro punto, a la eutanasia y el suicidio aparece como sumamente conflictivos.

¿Quiénes deciden sobre estos aspectos fundamentales?

Por ahora a los simples humanos que los tenemos que vivir se nos ha quitado la posibilidad de elección. Son los gobiernos, las leyes, las religiones quienes deciden por nosotros, cuando es nuestro cuerpo, es nuestra vida y nuestra propia moral la que esta en juego. No estoy hablando de aquellos casos en que mi acción compromete la salud o la vida de otra persona, como podría ser lastimar o matar a otro ser humano; estoy hablando cuando son mi propio cuerpo, mi estar en el planeta, mi dolor físico o mental el que me agobia.

Me motivó a reflexionar sobre este tema una noticia que informaba que una persona transexual, tras haber completado su cambio de sexo, no aceptó su nueva condición y solicitó se la autorizase a morir por sentirse un "monstruo" tras su transformación física. El Estado belga aceptó su petición de morir alegando un "sufrimiento psicológico insoportable". *

En este caso el deterioro importante de la calidad de vida  no es debido a una enfermedad física incurable sino a un sufrimiento psicológico calificado de “insoportable”.  Esta última palabra nos da una clave, fuera de mí nadie puede decirme que es, repito, para mí, soportable o no, solamente yo puede calificar mi sufrimiento. Esto implica un corrimiento de la autoridad médica o moral, ellas en todo caso quedan como observadoras o testigos, el centro es de quien padece, el único que puede hablar por sí mismo y decir qué siente y si quiere seguir soportando ese dolor o no.
Saber qué pasa en otros países, conocer otros pensamientos, muchas veces es liberador, abre nuevas puertas o preguntas. Yo desconocía que Bélgica legalmente ya tuviera en parte resueltas estas cuestiones. Es más, esta  práctica que fue aprobada en el 2002 y es cada vez más utilizada, actualmente una de cada 50 muertes en ese país se debe a ella.



A continuación expondré  un párrafo que no merece comentario, que a todas luces muestra la arbitrariedad y capricho con que  desde una situación de poder algunos se expresan en relación a estos temas.

“No todos los asuntos morales tienen el mismo peso moral que el aborto y la eutanasia. Por ejemplo, si un católico discrepara con el Santo Padre sobre la aplicación de la pena de muerte o en la decisión de hacer la guerra, éste no sería considerado por esta razón indigno de presentarse a recibir la Sagrada Comunión. Aunque la Iglesia exhorta a las autoridades civiles a buscar la paz, y no la guerra, y a ejercer discreción y misericordia al castigar a criminales, aún sería lícito tomar las armas para repeler a un agresor o recurrir a la pena capital. Puede haber una legítima diversidad de opinión entre católicos respecto de ir a la guerra y aplicar la pena de muerte, pero no, sin embargo, respecto del aborto y la eutanasia.”
Estas palabras son del ex papa Benedicto XVI, en una carta de Joseph Ratzinger al cardenal Theodore McCarrick, arzobispo de Washington DC del año 2004. **

O sea que yo como hombre o mujer no puedo decidir sobre esa célula originada en una relación sexual y que si no hago algo, seguirá su desarrollo hasta convertirse en una persona que no deseo, ni quiero, tampoco puedo decidir sobre la finalización de mi vida, esto lo tengo vedado sin posibilidad alguna de discusión, pero, y esto es lo interesante, sí puedo decretar una guerra, ordenar bombardear ciudades, como Hiroshima o Nagasaki, matar miles de personas y dejar aún muchas más con secuelas irreparables. Si esto no fuera real, si esto no estuviera decretado desde uno de los grandes poderes de la tierra, sería considerado un absurdo sacado de alguna mala comedia.

Esto no es nuevo, ya en 1995 el papa Juan Pablo II en la encíclica Evangelium Vitae dijo:
“El hombre, rechazando u olvidando su relación fundamental con Dios, cree ser criterio y norma de sí mismo y piensa tener el derecho de pedir incluso a la sociedad que le garantice posibilidades y modos de decidir sobre la propia vida en plena y total autonomía.”

O sea que no podemos ser “criterio y norma” de nosotros mismos porque eso significaría reconocer nuestra soberanía, nuestro poder de decisión y autonomía. Eso sería romper las cadenas que nos hacen bajar la cabeza ante otros humanos, porque no nos engañemos, este no es un asunto con ningún dios, sino con esos hombres que se titulan profetas, oráculos, vicarios de dios, porque son ellos los que nos quieren fijar las normas, son ellos los que nos dicen que no puedo tener una muerte asistida o un aborto legal pero sí me autorizan a matar en una guerra, a torturar o a hacer vuelos de la muerte, si eso beneficia sus intereses.

Es más que obvio que ninguno de nosotros ha podido elegir ser concebido o nacer, ni siquiera en qué circunstancias,  si además tampoco podemos elegir nuestra muerte, la vida ya no es una elección, ya no es un regalo, sino una imposición, una obligación. De este modo también se nos ha arrebatado poder elegir vivir, poder elegir gozar plenamente porque ahora todo esta marcado por la obligación de vivir. Claro, igualmente tengo la opción del suicidio, de dejar a un lado estas ordenanzas, pero será un acto solitario, intrascendente, que no otorgará derechos a otros, todo lo contrario, seguramente aparecerán algunos psicólogos moralizantes que fácilmente dirán que mi suicidio obedece a causas patológicas, a traumas infantiles.

Una auténtica muerte digna, la eutanasia, implica nuestro derecho a no sufrir inútilmente, a que se respete nuestra libertad de  conciencia, a conocer la verdad de la propia situación, a decidir por nosotros mismos  sobre las intervenciones a las que seremos sometidos, a mantener un diálogo confiado con los médicos, familiares, amigos, a recibir asistencia espiritual si la deseamos.  Estos derechos legitiman la decisión de renunciar a los tratamientos excepcionales en la fase terminal. Todo esto en el caso de una enfermedad, y si no la hubiere, si fuera únicamente un sufrimiento personal y que como tal no tiene porque ser entendido por los demás, o simplemente haber llegado a un punto de sinsentido, de vacío y decido de manera conciente terminar con mi vida, también es un acto de crueldad que se me obligue a continuar o a convertir mi muerte en un suicidio, en un acto más de padecimiento, de angustia, para mí y para quienes me aman.



Este es otro derecho a conseguir, este es otro límite que tenemos que imponerle a los sádicos de siempre, a quienes disfrutan y también se enriquecen con la muerte y el dolor de los demás.







La mayoría de las IMAGENES han sido tomadas desde la web, si algún autor no está de acuerdo en que aparezcan por favor enviar un correo a  alberto.b.ilieff@gmail.com y serán retiradas inmediatamente. Muchas gracias por la comprensión.











lunes, 18 de febrero de 2013

46 - ¿Para qué los ejércitos?



46
¿Para qué los ejércitos?



Guernica. Pablo Picasso

Hace poco tiempo en la agencia de noticias Argenpress salió publicado un artículo de Marcelo Colussi que por su título inmediatamente llamó mi atención: “La profesión militar: Un absurdo”

Les leo un párrafo:

Está claro: Un zapatero arregla zapatos, una enfermera cuida de los enfermos, una azafata atiende a los pasajeros en vuelo y un músico alegra el espíritu con la música. ¿Cuál es la función específica de un militar? Matar. Un militar se prepara para la guerra, para eliminar enemigos: su oficio, lisa y llanamente es matar gente, matar otros seres humanos. Más aún: se llega al absurdo patético que cuantos más seres humanos mata, mejor profesional es. Se le premia por eso, se le condecora, se le nombra "héroe de la patria". ¿Cómo se ha llegado a tamaña irracionalidad?
Todos los oficios aportan un beneficio social: producen bienes y/o servicios que facilitan la vida, la mejoran, elevan su calidad. ¿Qué aporta un militar? ¿Quién se beneficia con el matar? Seguramente alguien, por eso existe la profesión. Las mayorías populares, no.”

 Hasta aquí el texto

Pregunta interesante  para hacernos todos nosotros ¿Qué aporta un militar? ¿Quién se beneficia con el matar?. Desde niños se nos enseñó que debemos lo que somos a nuestros héroes patrios y sus ejércitos. Eso lo recuerdan hasta el cansancio todas las plazas y calles y cuanto cosas se nos ocurra dedicada al general tal, al coronel cual, hasta sargentos tienen sus calles. A la par también aparecen nombres de batallas.  Cuando se hace un reportaje o sale alguna nota los militares son presentados como el general tanto, el coronel, el teniente, como si esos fueran títulos obtenidos luego de arduos años de estudio en prestigiosas universidades, como si los acreditaran como expertos en temas que hacen al bien de la comunidad. Médicos, albañiles, maestros, panaderos, basureros no tienen calles ni plazas con sus nombres, como si lo que ellos hacen no fuera útil.  Mucho menos se levantan monumentos a valores como la solidaridad, como la fraternidad, la dignidad humana.

En otra parte Colussi dice:

“…constituyen una corporación profesional reputada, bien pagada, de la que ninguna sociedad pareciera querer prescindir. Más aún: el ámbito humano donde más se investiga, donde más se invierte, que produce las más fabulosas ganancias en términos empresariales y que tiene la mayor cuota de influencia política es, nada más y nada menos, el que tiene que ver con lo militar, con la guerra, con la muerte.”

Y concluye este párrafo con una pregunta en la que conviene detenernos:

“ ¿Somos patéticamente absurdos los seres humanos en tanto especie?”

El caos, lo irracional, es parte de la vida, eso es indudable. Estamos sometidos al azar, a lo que pueda suceder. Tratamos de olvidar esto, de ordenarnos y planificar nuestras vidas como si fuésemos inmortales, y aún hacemos planes para después de muertos en paraísos o infiernos, pero lo único cierto es que la muerte existe y vuelve precario absolutamente todo, todo y todos tenemos fecha de vencimiento. Muy distinto es cuando  esta irracionalidad ya no es la propia del vivir, sino otra que es cultivada, es pensada de manera muy racional y llevada a cabo metódicamente. Es la que desde los poderes se prepara y pone en práctica para obtener mayorías cumplidoras, trabajadores silenciosos, aduladores y obsecuentes.
La existencia de las armas, de los ejércitos, de las gendarmerías, de las policías, de los custodios, no es absurda, tiene un sentido que no hallaremos si los comparamos con el beneficio que nos aporta  la panadera, el cantante, los colectiveros, porque ese sentido no está en relación al servicio destinado al pueblo, a hacernos la vida más fácil, a darnos herramientas para nuestro desarrollo.
Es el poder, la riqueza y su  distribución, o mejor dicho, la concentración de esa riqueza en pocas manos,  el sentido de los ejércitos, de los soldados y gendarmes.
Ellos están porque para el capitalismo, para el poder económico y político, es necesario despojar a otros, ocupar tierras, vías de comunicación, campos petroleros, someter a países que puedan crecer y opacar los negocios, evitar las competencias.
Esto sin decir que los ejércitos son un negocio en sí mismos: sueldos, uniformes, armas, logística, etc demandan mucho dinero.
Esto todos los conocimos directamente en los últimos tiempos cuando los gobiernos dejaron las calles descubiertas y se nos vendió que para estar seguros era necesario contratar seguridad privada, y alarmas, y en los coches tener monitoreo.
La inseguridad también se convirtió en un negocio enormemente redituable. 



Guernica, día siguiente al bombardeo


Los ejércitos, las armas, las guerras, la mal llamada ausencia del estado, no son irracionales, en absoluto. El mayor ejemplo y el más claro a la distancia esta dado por la llamada “solución final” nazi, o sea el exterminio de millones de personas  que fue ideado de manera extremadamente racional, metódica y llevado a cabo con total prolijidad. Esto rompe el mito de la separación entre pasión y razón, sentimientos y pensamientos. Por eso no existen crímenes “pasionales”.
Algunos países tienen potencial nuclear suficiente para poner en riesgo al planeta mismo, sin embargo es difícil que lo utilicen por la destrucción que provocan. ¿por razones humanitarias?, no, en absoluto. Es sabido que es mucho más conveniente dejar heridos que muertos, los heridos causan mayores problemas, hay que socorrerlos, trasladarlos, llevarlos a hospitales, mantenerlos y si es posible curarlos, todo un desgaste económico y de recursos, que van minando la fortaleza del enemigo, y si los heridos son civiles muchísimo mejor porque además provocan desmoronamiento moral y enojo contra el gobierno enemigo. Además hay un detalle fundamental, no se debe dañar la riqueza del país al que se pretende someter, porque precisamente esa riqueza es la que interesa. La guerra contra Irak no tocó los campos ni refinerías petroleras.
Ahora, si se trata de objetivos militares sí es bueno destruirlos porque eso permite que luego se le puedan vender nuevamente armas y pertrechos.
Un ejemplo muy claro. Ya cuando la crisis europea era muy cruda, en el 2010, Alemania autorizó préstamos para rescatar a Grecia exigiéndole el máximo de ahorro, cuyas gravísimas consecuencias para el pueblo las estamos viendo, en este momento los griegos han vuelto a calefaccionar sus casas con madera por el alto costo del gas. Al mismo tiempo que imponía el brutal ajuste, junto con Francia le vendía armamento. Grecia tiene el mayor ejército de los países de la OTAN en proporción a sus habitantes y ha sido el quinto mayor comprador de armas en el mundo entre 2005 y 2009.

Colussi lo dice con total claridad: 

“El poder se mantiene y perpetúa por la fuerza, tanto por la amenaza de usarla, como por su uso concreto; y para eso están los encargados de ejercerla, los profesionales de la muerte. Pero hay que agregar inmediatamente: se benefician algunos, las elites, los grupos privilegiados. El común de la gente, no. La gran mayoría silenciosa, en todo caso, padece los efectos de esa profesión, cosa que no se podría decir de ningún otro gremio.”


Tropas de tormenta avanzando bajo un ataque de gas. Otto Dix





La patria, las fronteras, la libertad, la seguridad, la protección, son algunas de las palabras que encubren lo que con mirar un poco cualquiera puede descubrir fácilmente. Las armas están en manos del poder y para su propio beneficio y protección.



Hasta tal punto nuestro pensamiento está atravesado por las ideologías y los mandatos del poder que no nos damos cuenta, que incluso hay seres humanos que son capaces de ir mansamente, voluntariamente a la guerra aún sabiendo que es muy probable su propia muerte. Que aceptan hasta con orgullo el sometimiento, la alienación de renunciar al propio pensamiento y autodeterminación en cumplimiento de las órdenes que reciben, no importa cuales porque las “órdenes no se discuten, se acatan”. Esto lo tenemos muy presente, fue la excusa de muchos torturadores y asesinos que se escudaron en la llamada “obediencia debida”, porque para ellos las órdenes son órdenes y punto, la propia crítica y moral quedan inmediatamente abolidas, dejadas a un lado. Esto es lo que llaman “espíritu de cuerpo” o ser “orgánico”, todos para el mismo lado que el director designa, no importa por qué ni para qué.

“Es decir: una de las instituciones humanas más extendidas, desarrolladas y poderosas está asentada sobre la más absoluta irracionalidad. ¿Quién podría morir gozoso por "su bandera" si no fuera militar? ¿Quién podría sentirse orgulloso de ser una "máquina de matar" –como sucede con los comandos elites– si no se es militar? Sólo siendo del gremio castrense se puede llegar a esa posición. ¿Irracional diríamos?” Colussi dice.


Vietnam


Existe toda una cultura de la violencia incorporada en nuestro diario vivir, que nos constituye a todos y todas, a cada sexo según su propio estilo. Esta cultura no es cuestionada, al contrario, es sostenida mediante prácticas patriarcales, machistas, con la discriminación por las razones que fueren, cerrando fronteras a quienes tienen hambre, hablando del sistema financiero cuando debiéramos hablar de cómo hacer para que la comida, la educación, la salud, lleguen a todos los que habitamos esta tierra





La mayoría de las IMAGENES han sido tomadas desde la web, si algún autor no está de acuerdo en que aparezcan por favor enviar un correo a  alberto.b.ilieff@gmail.com y serán retiradas inmediatamente. Muchas gracias por la comprensión.